LA IDEA VESTIDA DE COLOR

Cuando lo ideal se despliega en las formas más particulares de expresión, revestidas de lo bello, aparece lo que podemos llamar representación artística. Dora Gil, que parte de esa manifestación interior de su espíritu, encuentra en su esencia propia la forma exterior que le conviene a su idea, y al mismo tiempo une la armonía perfecta de la idea con la forma visible de la obra. Sus obras, de cierta forma romántica, puede parecer que se constituyen en representaciones sensibles perfectamente alineadas en un orden de imágenes-mensajes que se dirigen a los sentidos. Sin lugar a dudas, ello está presente en su forma de expresión, pero su espiritualidad se eleva por encima del mundo visible, con carácter de sublimidad, en ideas dificiles de encontrar en el mundo materializado y desprovisto de valores en el que vivimos. Su espectáculo plástico nos complace y nos satisface de forma categórica, pero si el espectador quiere sumergirse realmente en su obra, -no para entretenerse visualmente, aspecto también muy positivo, ni para entretenerse con la obra por sí misma, sino para exigirse mensajes más substanciales y verdaderos- debe aspirar a leerla y descubrirla en su contenido, buscando en ella el más alto valor de la idea. Podemos observar distintos grados de desarrollo en la obra de Dora Gil, desde lo más intimista y metafísico de sus consideraciones a formas plásticas de conceptos reales envueltas en un velo simbólico dentro de espacios imaginativos. Conveniencia recíproca entre fondo y forma en perfecta armonía que Dora Gil ha sabido combinar reflexivamente y que constituye la condición particular de su ideal artístico: el hombre y el cosmos. Su capacidad de abordar el tema no le marca el reposo hasta encontrar esa forma perfecta con la que reviste su trabajo y que constituye el fruto del esfuerzo artístico. En una gran parte de su obra se debate aquella opinión de Schiller en "El Ideal y la Vida", donde opone al mundo real, a sus dolores y combates, la belleza silenciosa y serena del mundo ideal. Los espíritus que en él habitan están liberados de lo lazos que nos atan a las cosas exteriores, de todos los reveses, de todas las amarguras inseparables al acontecer de la esfera de lo finito. El color es un aspecto importante a destacar en las obras por el dominio de su pureza, limpieza y combinaciones cromáticas, utilizadas de forma tan hábil que crean efectos sorprendentes de luz: celajes, brumas, transparencias... Sabe, por oficio y sentido creativo, poner un ropaje de color a la idea. A su conocimiento positivo de las obras de arte, a su finura y delicadeza de gusto, se aunan la reflexión filosófica y la capacidad de aprehender lo bello en sí, de comprender sus caracteres y reglas inmutables. Cada obra es un mensaje de interés y encanto que suministra una interpretación seria y profunda, pues en su interior de artista vibra ese ideal depurado y racional de las cosas, merced a su animación interior sin la cual no se puede producir belleza artística. Es el momento de poner en paz nuestro espíritu y nuestras ideas, ser felices aunque sea por unos momentos, elevarse a un punto de vista superior contemplando las reflexivas y bellas obras que sólo artistas como Dora Gil saben ofrecernos.

Manuel Ruíz Ruíz

Numerario de la Asociación Española de Críticos de Arte.